Hay necesidad de bajar a la realidad, sentir lo concreto y ver los empeños de muchos apasionados puestos a reencontrar el tango con los grandes públicos. Desde luego, su esplendor es luz acaecida en un país que fue. Su gloria coincidió con la expansión económica argentina. Precisamente, la década o “edad de oro” de 1940, se da en el tiempo en que Europa estallaba en la Segunda Guerra Mundial, en la pre-guerra y durante la salida de sus devastaciones. Había mucho dinero de la exportación de materias primas y necesidad de desarrollo industrial. Argentina se encerró en una burbuja de prosperidad en la que desenvolvió su arte nacional de manera prodigiosa.
Tales condiciones de riqueza no volvieron jamás. Volvieron los militares, los partidos radical y peronista, y sucesivas doctrinas salvadoras. Europa dejó de ser el centro de la política mundial que se desplazó hacia los Estados Unidos. La mirada de la Argentina institucional también se desplazó hacia el Norte. Allí campaban los ritmos sintetizados en el rock; asimismo una estética de despreocupación y desaliño. Simultáneamente se agostaron las bondades económicas internas. Como en otros países de Latinoamérica, sobrevino un tiempo de rebelión encabezado por los jóvenes cuyo impulso quería implicar desde las ideas hasta la vida cotidiana. La derrota política de estos movimientos es bien conocida.
En las últimas décadas del siglo XX, tras la feroz dictadura de los militares, los gobiernos democráticos continuaron con la frivolización del país y el vaciamiento económico establecido por aquéllos. La ley del “sálvese quien pueda” fue el valor imperante. En ese páramo era muy difícil hacer arte, cultivar “las flores suntuarias” del arte. Sin embargo, suavizadas las crepitaciones represivas, pequeñas islas de ilusión y tenacidad consiguieron prosperar. Locales tangueros y milongas se convirtieron en tímidamente rentables para sus dueños y para la gente que baila. Crece algo, siquiera el rescate de ciertos climas favorecidos en su caso por el empuje del turismo tanguero internacional. Es una constatación feliz, aunque no estruendosa. Se busca también la recuperación instrumental, tanto en el estudio (escuela de bandoneón), como en los intentos de constituir formaciones orquestales. Estudiar es aprender a tocar tango con sus instrumentos naturales, y eso se realiza al lado de los antiguos tangueros que saben los “yeites” y las “trampas”, los recursos técnicos específicos. Ahí están los mayores transmitiendo experiencias, aunque todavía sea justa la queja de que no surgen estilos originales de interpretación, porque en general se imita lo que en otros tiempos hubo. Es de imaginar que ya vendrán. Estilos que no son el tango electrónico, aunque quizá con algunos elementos del mismo, estilos que hagan bailar y conmoverse a la gente.
Lo importante es que la gente baila y que los argentinos y uruguayos empiezan a apostar por el tango, rescatan tradiciones y figuras, emblemas de otros tiempos. Surgen publicaciones, canales televisivos dedicados al tango y una novedosa FM que transmite veinticuatro horas ininterrumpidas de tango. En Buenos Aires hay inquietud, rejuvenecimiento al socaire de antiguas glorias.
Resulta de justicia mencionar la formación de dos grandes orquestas estatales que cultivan el género en exclusividad: la Orquesta de Tango de la Ciudad de Buenos Aires y la Orquesta Juan de Dios Filiberto, para conciertos gratuitos y manteniendo en plantilla a grandes instrumentistas. El hecho -de alguna forma- garantiza la continuidad en el oficio a muchos músicos y estimula el ida y vuelta de todos ellos con el gran público. Hay ciudades del interior de Argentina y también la capital del Uruguay, Montevideo, transitando por la misma senda.
Especial encanto y consecuencias tiene la creación de la Orquesta Escuela de Tango Emilio Balcarce, en Buenos Aires. Dirigida desde sus primeros tiempos (año 2000) por el artista cuyo nombre la orquesta recuerda, hoy de la mano de Néstor Marconi continúa entregando promociones de excelentes músicos año tras año. Su objetivo central es la transmisión del “legado cultural” de los maestros del género. Hay grabaciones discográficas, película y manual que acreditan las calidades de este empeño dedicado a las nuevas generaciones.
Puede decirse que estos reencuentros del tango no ocurren en sitios recoletos como los señalados durante las décadas del 1960 y 1970. El tango vuelve a tener teatros y -también- pistas auténticas. No los bailes en los clubes de la Década de Oro, pero tampoco aquellos estrechos escenarios de exhibición para clientela turística. Pistas de las “milongas” que comienzan esporádicamente a ser sostenibles con orquestas en directo. Ya es una esperanza; como lo son los recitales de figuras históricas y de jóvenes tangueros, en el conjunto de recitales de música que puedan hallarse atractivas en la ciudad. Los tiempos son tímidamente esperanzadores, aunque ninguna forma artística pueda prosperar en la timidez. El tango se desentumece, reconoce sus andaduras y tendrá que echarse a caminar abrazado, en la noche del futuro.
MILONGA, LINDA MILONGA
En Buenos Aires hay decenas de sitios donde se va a bailar a los que genéricamente se les llama milongas. Son los salones de baile de cualquier país que en el mundo del tango reconocen sus particularidades bajo ese nombre. Al ser un baile popular, allí estuvo siempre el lugar natural y emblemático. Pueden tener diversas localizaciones y estilos arquitectónicos: más nunca prescindir de un amplio espacio para el desplazamiento de las parejas, la música mimada por una persona que selecciona los discos por “tandas”, y el suelo adecuado, siendo idóneo el de madera.
Tras el revulsivo éxito del espectáculo “Tango Argentino” por las principales ciudades del mundo, hubo una numerosa herencia de otros musicales que recorrieron muy diversas latitudes. Comenzaron a sembrarse por las ciudades occidentales y del extremo oriente profesores de tango argentino puestos a enseñar a bailar y escuchar. La obra ha resultado pionera y fecunda. En cualquier ciudad del mundo, por la noche - como en Buenos Aires- hoy abren sus puertas las milongas. En Japón, en España, en Estados Unidos, en Italia, etc. se encontrarán bailarines, profesionales o no, que administran un salón donde el público tanguero concurre a tomar clases y a bailar. Allí converge también a bailar gente de otras latitudes y lenguas que ha llegado por viajes de negocios, turismo, u otros motivos. Hay un código de baile y comunicación que sólo necesita de la música sonando en los bafles. Lo demás lo hace el entusiasmo en la danza que se abre en los tanteos para conjuntar estilos, sensaciones, gustos.
Una milonga no ha convertido a nadie en afortunado económico. Llevarla implica mucho entusiasmo. Así mismo, en estos espacios creados de ilusiones y pasión por el tango uno puede encontrarse habitando un “bosque musical” con árboles gigantes que se llaman D'Arienzo, Di Sarli, Troilo, Pugliese, D'Agostino, Caló… que siempre resultan instigadores al abrazo en un baile con gente cuyo nombre probablemente acabemos olvidando, o se conviertan en el punto de referencia a través del correo electrónico de otros encuentros y otra gente. De tarde en tarde, como en Buenos Aires, se organizan festivales, o bailes con orquestas en directo que pueden ser Color Tango, El Arranque, Fernández Fierro, El Afronte, Unitango, etc. Los negocios son siempre magros, reconocen esencialmente el desarrollo de una pasión. De la cumbre al llano, en el tango no se alimenta la confianza de que a determinados artistas los mimen la fama o el dinero en grandes dosis. Estas lluvias que suelen caer en otros géneros –véase la salsa o el jazz- no caen en el tango. Se vive al día, o de otras profesiones que cubren el déficit… mientras el pensamiento se ocupa de las formas de la música y el baile, los encuentros con gente, o con esos temas que descubrimos o volvemos a escuchar.
Las milongas de hoy reflejan algunos de los saludables cambios acaecidos en las costumbres y en el trato hombre-mujer. Se concurre a bailar en solitario o en compañía. La antigua observancia de un sector para hombres y otro para mujeres ya no existe, incluso la invitación a bailar mediante el “cabeceo” de él desde un extremo o el medio de la pista, ya no es normativo como antes. Más aún, en casos y en Europa, las mujeres invitan a los hombres a bailar con hermosa naturalidad.
En porcentaje abrumador, la música que se baila en las milongas es la grabada en la “edad de oro”, en 1940 y 1950. No hay quien nos libre de esa condición. Nuestro tesoro se ha enriquecido enormemente con las recuperaciones de discos olvidados. Allí están, giran y giran revelando la belleza guardada. Las orquestas actuales interpretan algunos tangos escritos ahora, pero sus triunfos parecieran estar ligados al recuerdo que evocan de las formaciones clásicas. En otra ocasión señalamos la compleja masividad de público en la época de oro. Así se promovió la existencia de cientos de compositores y autores en la arena de la creación. Hoy el tango ocupa aún una delgada franja. Es un facilismo decir que la cantidad se transformará en calidad, pero desde luego que una cosa estimula a la otra. Hay que consignar, por otra parte, que en la actualidad los domicilios de la creación tanguera pueden estar en sitios distantes del Río de la Plata, aunque los códigos provengan de allí. Se estrenan tangos en Holanda, Alemania, España, Japón… Lo que no sabemos es cómo puedan conectarse entre sí, cuál podría ser el camino de una potenciación común.
En los últimos años hubo casi furor con el llamado Tango Electrónico. Ya lo había implementado Piazzolla entre los años 1960-70. Luego lo desechó. Lo nuevos emprendimientos son más atrevidos quizá, y más avanzados en medios, desde luego. Entre sus numerosas formaciones conjuntos como Gotan Proyect, Bajo Fondo Tango Club, Tangheto… suenan en conciertos multitudinarios. Gotan Proyect vendió un millón de su primer disco La Revancha del Tango, y pudo oírselo en FM, pub y bares de cualquier país. Allí había obras magníficas de inspiración propia, o de Piazzolla, Pino Solanas, y otros. En el segundo disco sus valores declinaron. No obstante, seguiremos esperando. Hay polémica acerca del tango electrónico: si es una evolución o una deformación. Suavemente en algunas milongas se ponen temas… pero es cuando quedan pocos asistentes y la fiesta empieza a apagar sus luces.
EVOLUCIONES EN LA PISTA
¿Se ha avanzado en el baile? Estamos dispuestos a decir que probablemente sí, aunque no hagamos referencia a saltos ni revoluciones. Los códigos pergeñados desde la época inicial y llevados a verdadero esplendor en los años 1940 y 1950, se redescubren. Tal vez también se enriquezcan. Fatalmente cada época aporta lo suyo, no caminamos ni existimos de igual forma.
Así mismo, luego de los cursos con profesores que suelen ser artistas del escenario, de imitar sus maneras, sobreviene la necesidad de liberarse de las figuras de la danza aprendidas. De encontrar el texto nuevo en el baile, de improvisar, diría el clásico. Ya no es destreza sino un tango “bailado por abajo”, que trasunta sentimiento y musicalidad en los gestos de la pareja. No se han olvidado totalmente las figuras aprendidas, pero se las resignifica en aquello que se insinúa sin demostraciones coreográficas. Se sabe el desarrollo y el cierre, o tal vez se adivina. Las parejas disfrutan del abrazo que es contacto con todo el cuerpo… y la corporeidad puede ser una creación.
De la abundante práctica del baile como ejercicio de una pasión se funden los conocimientos aprendidos y los hallazgos personales en el tango propio, en el original que consiga bailar cada uno. En todas las épocas realizarlo como una pasión, con todas las frecuentaciones posibles, ha sido el camino del perfeccionamiento. De igual forma, las composiciones han tenido como luz de fondo el “ida y vuelta” de autores y bailarines.
Señalamos antes que la música bailada en las milongas actuales tiene en su mayoría alrededor de medio siglo de antigüedad. Tímidamente se incorporan nuevos temas… como se intenta bailar Piazzolla y “tango electrónico”. Es un tiempo de impasse, un rubicón que habrá que pasar, una crisis de confianza y de público, un enorme bache con forma de precipicio en el sendero.
Sin embargo, algunos hechos indican que al otro lado hay camino. Lo muestran las orquestas de jóvenes que tocan en las milongas. Todo es aún precario, esporádico si se quiere… pero existen muchas ganas de que ésto prospere.
EL TEMA DE LAS LETRAS Y DEL TANGO MISMO
Es realmente difícil encontrar letras relevantes en las últimas décadas del siglo XX. Sentimos que, por definición, la poesía del tango estuvo siempre unida a la vida, plantada en un soporte más perecedero, a la vez que eficaz, que la literatura escrita. La invención del disco acabó con la fugacidad, estableció la divulgación y el archivo de la literatura tanguera. Y el disco, a través de la reinterpretaciones anima lo que en la cultura escrita se llama recreación de un texto. No obstante, la deuda con la tradición oral sigue manifiesta en la canción. Recordamos el contenido pegado a una música, y muchas veces no acabamos de entrar en su significado, llevados por la fuerza de la melodía. Señalamos ya, que el tango abrió el primer camino de la narración sobre la vida de una ciudad moderna como Buenos Aires, con sus mestizajes, su identidad en construcción, sus cambiantes paisajes. Para ello delineó personajes, conflictos, y una manera de nombrarlos. La ciudad empezó a tener palabra universal y reconocible en los tangos. Mas después de la “década de oro”, la creación poética empezó a ralearse, a ser esporádica. Continuaron cantándose las obras anteriores, de los tiempos de Gardel y lo que vino después hasta los años 1960.
Por su parte, la narración literaria aumentó de modo considerable. Un fenómeno que comprometió toda América Latina, siendo paradigmáticamente urbana en el Río de la Plata. Muchos mundos empezaron a existir porque un gran cuento o novela los instauraba. Dictadores y sus cortes esperpénticas, conflictos individuales de mínimo perímetro, personajes invisibles o insalvables si la lente de un artista no los hubiera enfocado. La ciudad se reconocía en sus escritores. Si acaso la canción se volvió folklórica, de protesta, rock nacional… hubo escasamente algún tango, o ninguno. Como si éste estuviera sin encontrar la clave contursiana o de la “Década de Oro”, como si sus versos dieran manotazos o movimientos de espásticos. En los últimos años parece haber ocupado gran parte de aquel territorio tanguero, la salsa con su empuje narrativo y su habilidad para contar. Aunque no alcance (ni en sus mejores autores: Blades, Guerra, etc.), la elaboración poética y filosófica de las grandes letras del tango. ¿Será el efecto de estos tiempos pragmáticos y urgentes? El oráculo aún no se devela.
De cualquier forma, siendo tangueros no nos arredra la reinterpretación de temas mayores… en calidad y en años. Disfrutamos de una tradición de por sí compleja y que admite diversas relecturas. Nos gustan las anécdotas de los tangos, el vericueto andado por sus compositores, las situaciones que se generaron en las milongas, las crónicas de las “barras” de aficionados. El mundo del tango se ha convertido en galería de un pasado que puede pertenecernos en cualquier ciudad donde vivamos. O, en todo caso, nos conmueven esas historias de un país joven marcado por la inmigración, la contingencia y los anhelos de construirse una identidad con el resbaloso barro de la modernidad. No hacen falta esfuerzos especiales para representarse hechos paradigmáticos del tango: sus acontecimientos, dramas y conflictos son reconocibles. Más allá “del pasado ilusorio” que sintió Borges en la “secta del cuchillo y el coraje”, también nos afectan otras cosas de ese “lugar del mundo”, nos conmueve la lírica que es la tónica hacia lo que el tango se vence. Ciudadanos y ciudadanas expuestos a una cotidianeidad gris omnipresente, de vez en cuando nos sacude un hálito de otro mundo, un aire de embriaguez y de sueños que se romperán… Y allí está el tango volviéndonos artistas incipientes, a punto de que en su ámbito se nos esté por revelar algo. Lo expresan letras de distintas etapas, como ciertos sucedidos que forman un corpus de capas y capas que concluyen convirtiendo el género en tema de sí mismo. Lo que se dice “el tango del tango”, la mirada sobre la propia andadura. Aunque muchas historias narren hechos imposibles en los tiempos presentes e incluso así lo fueran también cuando se escribieron, siempre se advierte el intento de parecerse a la vida o de reinventarla. Fluyen los tangos pegados a la existencia por lo que nos parecerán tocados de cierta intemporalidad. El descubrimiento de sucesos puntuales que explicitan un tema, las motivaciones de determinados autores, la probable inspiración en algo que conocemos, las conexiones de los intérpretes, nos darán pábulo a la búsqueda, alimentarán el gusto de “estar de tangos”, de adentrarnos aún más. Y ya se sabe que las cosas se valoran mejor cuando sus posibilidades dan la sensación de inagotables, cuando nos invitan a transitar laberintos que son aliento y estímulo para seguir en el camino.
EL TANGO DE NUESTROS DÍAS
Hacemos tango, lo buscamos, lo seguimos porque ya no imaginamos la vida sin tango. Si no estuviera el tango tendríamos que inventar algo parecido, otro despropósito, otro absurdo, otra vena oculta de la vida para dejar de ir de compras, cumplir horarios y flagelarnos con lo que hay que hacer, creernos que existir tiene sentido cuando, tal vez, no tenga ninguno y esté muy cerca esa verdad con el rostro incendiado.
No me imagino la vida sin tangos para escuchar, quizá para bailar también, aunque dé igual si para una cosa o la otra. La persona que lo ha sentido en alguna de sus formas queda atrapada, presta a buscar intérpretes diversos, títulos, versiones. Y el músico conminado a interpretarlo según la versión que salió definitiva en su acertada sencillez, a repetirlo así porque buscarle otra forma sería puro manierismo, vacuidad y huida del genio.
Sí, los que lo hallamos lo necesitamos, aquéllos que un día dimos con sus notas famélicas y envolventes que nos seguirán, como un perro fiel, por dichas y miserias. En unas cuantas frases expresarán enormes despojos del vivir que costaron años y confusiones hasta caer en la cuenta. Pondrán un ribete de filosófica sonrisa a lucubraciones sesudas, se explicarán cantando traiciones que deberían digerirse a balazos.
Ahí están los tangos para ponernos sañudos y feroces inofensivamente; para abrazarnos al cuerpo de la mujer que ya no está o a la que se ve tan cambiada que preferimos regresar al sueño de haberla amado alguna vez cuando fue infinitamente bella... y quizá, nosotros algo mejores.
Con los tangos nos acontece esa leve alteración de la conciencia que ninguna droga es capaz de provocar... O tan profunda alteración -entonces- que basta que alguien diga que está de tangos para entenderle.
Y no vaya a creerse que se trata de una suma, en ningún caso. Se puede bailar toda la noche y de los cincuenta tangos que se hayan bailado, probablemente, uno o dos sean los plenos. De sus numerosos tangos interpretados, es verosímil que el músico haya encontrado su felicidad en un par de versiones o en cierta cadena de notas. Sí, porque la cotidianeidad nos teje la vida en mecanismos de pasión refleja que ruedan y se pierden. No podemos dejar el tango, como no abandonamos la ciudad que, de tanto estar en ella, un día hallamos como nuestra para no marcharnos. Perseverar en el tango casi es como vestirnos de una forma determinada, para que el espejo no nos eche en cara que hacerlo de otra manera es ridículo o desfavorece cualquier encuentro. Ya somos unos cuantos, verá usted. No todos los que podríamos ser, pero dejémoslo ahí. Es sabido que el tango no desaparece, aunque unas cuantas empresas como RCA Víctor en Buenos Aires, a finales de los cincuenta, fundió las matrices de grabaciones tangueras porque pensaron que "eso ya había pasado". Reaparece como el río Guadiana, con aguas que parecieron sólo subterráneas, pero que son las mismas que ahora corren con el pecho al sol y al cielo. Unos cuantos bebemos su sabor a sal, a lágrima, a dulzura de otoño, a fresca pureza de quince años, a limón irónico y no podemos dejarlo. Así nos reconocemos... no importa el traje, ni la procedencia, ¡qué va! Hay tantos tangueros indocumentados a veces, que la policía de Migraciones podría llenar un furgón. Y muchos más la Academia de la Lengua; llenarlos de mal hablados y mal habladas que chapurrean (o aporrean) inglés, alemán o castellano y que, sin embargo, se entienden de maravilla bailando. No preguntes cómo, ni filosofes: según dice la milonga “con la filosofía poco se goza”. Basta que huelas bien, que los zapatos no se peguen al suelo. Basta que escuchemos la letra en la voz que canta... y ya vamos juntos a ese mar incógnito, donde encontrarás representaciones de infinitas cosas de la vida, de gentes diferentes e, incluso, de ti ahí mismo.
¿CON QUIÉN?
Ya se sabe, lo mejor que tenemos en la vida, como cantan los tangos, son los amigos y amigas con quienes uno está porque quiere. Los amores pueden abandonarnos... y contraer compromisos que no siempre son de la musa. ¡Que levante la mano el que esté en el amor sólo por la musa! Por la emoción de encontrarla siempre y que no vaya manchado de obligación, de deber cumplido, de pesarosa escena de costumbres.
La amistad tiene como escenario la pista, la mesa del bar, la calle anónima. No el nido, salvo con aquella mujer ¡oh amor! con la que no nos pedimos cuentas de pasado ni futuro. La fiesta servida en cada encuentro, la fiesta.
También en el tango hay un costado de maravillosa urbanidad: vivir sin saber mucho de los otros. No hablamos, vamos a bailar, a escuchar tangos. El hablar indefinidamente, analizándolo todo como un químico del alma (¿de cuál química?) nos agostó la paciencia, entorpeció la espera, quizá haya desgastado las decisiones. Lo mejor es ir a bailar, o a escuchar. Acabemos con el análisis, que ya lo hicimos. Echemos el cuerpo a la otra, al otro, a la vida, en un tango.
DESDE MUY LEJOS
Cuando los tipos de la Academia de Medicina de Francia, en 1912, "prescribieron" para los niños débiles, que alternaran con los baños de mar, "tangos a toda hora" no estaban locos, ni demasiado científicos seguramente. Llevaba el tango unos diez años desembarcado (no aterrizado) en Francia y ya el gabinete de muy famosos galenos había caído atrapado en la maravilla. Lo bailarían ellos a toda hora en el té-tango, en la cena "donde se tangueaba entre plato y plato", en el Music-Hall, en el Champagne-Tango... Ya estaban seducidos por esa magia que nos hace sentirnos más guapos, propicios a elegantes trajes, mas bravíos entre tanta cultura ligth (condenadamente uso el término inglés que no inventamos nosotros. ¡qué le vamos a hacer!), más arrojados sobre el pecho y las piernas del otro sexo, con las cabezas juntas y abrazadas a la prohibida belleza de caminar pegaditos (casi una sola figura) por las veredas de la vida.
Y, dígame usted, si no se le sobresalta el corazón al oír ciertas letras:
No sé por qué te perdí
Tampoco sé cuando fue
Pero a tu lado dejé
Toda mi vida
Dígame si puede permanecer indiferente cuando oye:
Novia querida, novia de ayer
Pa´mal comer
Somos la mueca
De lo que soñamos ser
O todavía aún esa formidable carga de profundidad:
Ya sé no me digás
Tenés razón
La vida es una herida absurda
¡Quien que tenga oídos para escuchar un tango, para seguir, siquiera, un fragmento de las letras antedichas, no va a soliviantarse!
El tango no necesita de maquinarias publicitarias ¡cualquiera lo juzgue! Para difundirlo no invierten Repsol-YPF, ni Microsoft, ni los Ministerios, ni la Telefónica. Cuando lo hagan, será para ganar de antemano. Veámoslo. Sin embargo, desde los garitos oscuros, de antiguos discos de pizarra, de músicos ya viejos que tocan como siempre tocaron, desde bailongos en lo profundo de los barrios de Buenos Aires, de casi subterráneos o escondidos programas de radio, así como de espectáculos musicales aventureros, comenzó a ganar el mundo, extendiéndose como un áloe oleoso y profundo. Luego, lo descubrieron los listos del cine que ganan efectos, elocuencia de siglo XX, pozos de intimidad sobrecogedora y socarrona, poniendo escenas de tango en las pantallas. Así son las cosas, así lo fueron siempre para el tango, aunque nuestras economías vayan por carriles muy distintos a los de las consabidas empresas multinacionales.